Publicado por Carlos H. Suárez
Más vale tarde que nunca, reza un conocido refrán. Pues este refrán se ha reflejado en dos noticias que me han llamado la atención últimamente. La primera fue que el Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel, pidió perdón a los Beatles por el histórico error cometido en 1965, cuando se les prohibió actuar en Tel Aviv por temor a que corrompieran a la juventud. Como desagravio, la ministra invitará a Paul McCartney y Ringo Starr, a los actos del LX aniversario de la fundación del Estado de Israel. La segunda viene desde Argentina, donde se informa que Diego Armando Maradona pidió disculpas por primera vez a Inglaterra, por el gol que marcó a su selección con la mano en los cuartos de final del Mundial de México 1986. El tanto con la mano, el primero que Argentina marcó a Inglaterra en aquel partido, siempre fue considerado una afrenta por los ingleses, que cayeron eliminados tras perder por 2-1.
Con esto no quiero decir que la música de los Beatles fue inmaculada ni que Maradona es una santa paloma. Lo que quiero resaltar es el hecho de que ambas instituciones, Israel y Maradona, están pidiendo las respectivas disculpas por agravios cometidos hace mucho tiempo atrás. ¡Qué duro es cargar con un pecado por mucho tiempo! No es el pecado olvidado el que Dios perdona, sino el pecado confesado. El pecado escondido en el alma lastima, avergüenza y enferma. El salmista describió un pecado inconfeso de la siguiente manera: “Mientras guardé silencio, mis huesos se fueron consumiendo por mi gemir todo el día” (Salmo 32:3).
Es contraproducente mantener un pecado sin confesarlo por mucho tiempo. Afecta nuestra relación con Dios y nuestras relaciones horizontales también. La Biblia advierte: “Quien encubre su pecado jamás prospera; quien lo confiesa y lo deja, halla perdón” (Proverbios 28:13). Increíble que hasta nuestros negocios se ven afectados y obstaculizados por los pecados ocultos. ¿Se ha preguntado por qué le va muy mal últimamente? Tal vez la respuesta la encuentre allí dentro de su corazón. Algo que usted ha dicho o ha hecho, ha lastimado u ofendido a otra persona y usted no ha ofrecido las disculpas correspondientes. Anímese a, de una vez por todas, pedir disculpas por cualquier ofensa o agravio que usted hubiera cometido. Renuncie hoy mismo a esa carga innecesaria.
Finalmente, recuerde que a quien ofendemos en primera instancia es a Dios. Y él desea que usted viva una vida íntegra y sin tacha. Si usted es consciente que le ha fallado a Dios, arrepiéntase de su pecado y confiéselo al Señor inmediatamente. No importa cuántas veces usted hubiera pecado ni cuán graves hayan sido sus pecados, “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). No tiene que esperar que pasen décadas para hacerlo, hágalo hoy mismo y regrese a su casa con su conciencia totalmente limpia y en paz.
Con esto no quiero decir que la música de los Beatles fue inmaculada ni que Maradona es una santa paloma. Lo que quiero resaltar es el hecho de que ambas instituciones, Israel y Maradona, están pidiendo las respectivas disculpas por agravios cometidos hace mucho tiempo atrás. ¡Qué duro es cargar con un pecado por mucho tiempo! No es el pecado olvidado el que Dios perdona, sino el pecado confesado. El pecado escondido en el alma lastima, avergüenza y enferma. El salmista describió un pecado inconfeso de la siguiente manera: “Mientras guardé silencio, mis huesos se fueron consumiendo por mi gemir todo el día” (Salmo 32:3).
Es contraproducente mantener un pecado sin confesarlo por mucho tiempo. Afecta nuestra relación con Dios y nuestras relaciones horizontales también. La Biblia advierte: “Quien encubre su pecado jamás prospera; quien lo confiesa y lo deja, halla perdón” (Proverbios 28:13). Increíble que hasta nuestros negocios se ven afectados y obstaculizados por los pecados ocultos. ¿Se ha preguntado por qué le va muy mal últimamente? Tal vez la respuesta la encuentre allí dentro de su corazón. Algo que usted ha dicho o ha hecho, ha lastimado u ofendido a otra persona y usted no ha ofrecido las disculpas correspondientes. Anímese a, de una vez por todas, pedir disculpas por cualquier ofensa o agravio que usted hubiera cometido. Renuncie hoy mismo a esa carga innecesaria.
Finalmente, recuerde que a quien ofendemos en primera instancia es a Dios. Y él desea que usted viva una vida íntegra y sin tacha. Si usted es consciente que le ha fallado a Dios, arrepiéntase de su pecado y confiéselo al Señor inmediatamente. No importa cuántas veces usted hubiera pecado ni cuán graves hayan sido sus pecados, “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). No tiene que esperar que pasen décadas para hacerlo, hágalo hoy mismo y regrese a su casa con su conciencia totalmente limpia y en paz.
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