sábado, 19 de junio de 2010

GANARÉ UN MUNDIAL DE FÚTBOL PARA TI

Pr. Carlos H. Suárez
Iglesia Cristiana Heme Aquí Señor


En el estadio Maracaná de la ciudad de Río de Janeiro, Brasil, se disputó la final del Cuarto Campeonato Mundial de Fútbol, entre las selecciones de Brasil y Uruguay. El 16 de julio de 1950, el estadio Maracaná albergó a 173 mil 850 personas, la mayor cantidad de espectadores jamás reunida en un estadio, para presenciar un partido de fútbol. Aunque Brasil llegaba como la selección favorita, pues llegaba invicta y goleadora, la selección de Uruguay era en ese momento una de las más laureadas del planeta.

En esa famosa final, ambas selecciones se fueron al descanso empatadas a cero, resultado que consagraba campeón mundial a Brasil. En el minuto 2 del segundo tiempo, el jugador Friaça de Brasil anota. Una gran celebración empieza a inundar el estadio por los espectadores presentes, pero millones celebraban oyendo la secuencia del partido por el radio. La algarabía duró muy poco, pues en el minuto 21 anota el uruguayo Juan Alberto Schiaffino igualando el marcador del encuentro, resultado que igualmente coronaba campeón a Brasil. Sin embargo, faltando 11 minutos para el final, Alcides Edgardo Ghiggia anota el segundo gol para Uruguay, dejando a todo el estadio en silencio y a toda la nación sumida en una profunda tristeza.

Los últimos minutos del partido, Brasil atacó con todo su poderío pero no pudo revertir el resultado. Al final, el público salió llorando sin dar mayor importancia a la ceremonia de entrega de la Copa Jules Rimet a Uruguay. La derrota de Brasil en dicha final fue considerada una tragedia nacional.

Muy lejos del Maracaná, en un pequeño poblado llamado Três Corações del Estado Minas Gerais, en un hogar humilde que había sido preparado especialmente, para que entre familiares y amigos celebraran la primera copa mundial de fútbol, un hombre que había escuchado el partido lloraba desconsoladamente por la derrota de su equipo. La comida y las bebidas fueron menospreciadas en esa ocasión, los ánimos de todos los allí presentes estaban por los suelos. Entonces, un niñito de diez años que había pasado desapercibido hasta ese momento, se acercó a su padre y lo abrazó. Y tratando de llevar consuelo a su alma le dice: “Papá, no llore así, un día tu hijo ganará un mundial de fútbol para ti”. Aquel niño creció y llegó a ser conocido con el sobrenombre Pelé (nombre de una diosa de la mitología hawaiana).

Transcurrieron ocho años desde que Pelé hizo su promesa. El 29 de junio de 1958 se disputó la final del Sexto Campeonato Mundial de Fútbol en Estocolmo, Suecia, entre las selecciones de Suecia y Brasil. Con dos goles de Pelé, Brasil ganó 5 a 2 consiguiendo de esta manera su primer título de Campeón Mundial de Fútbol. ¿Se pueden imaginar la alegría que albergaba el corazón de este muchacho de 17 años? El video que lo muestra llorando al final del partido, Pelé mismo lo explica de esta manera: – “Yo estaba muy feliz, pero lloraba de la emoción de haber cumplido la promesa que un día le hice a mi padre. Al llegar al hotel esa noche, lo primero que hice fue llamar a mi padre y decirle: ‘Papá, he cumplido mi promesa, he ganado un mundial de fútbol para ti’”.

Cuatro años después, en el Séptimo Campeonato Mundial de Fútbol disputado el año 1962 en Chile, aunque Pelé se lesionó en el segundo partido y no pudo continuar jugando, la selección de Brasil consigue el bicampeonato al ganarle a Checoslovaquia 3 a 1 en la final. Era el segundo mundial que Pelé conseguía para consolar a su padre después de aquella tristeza sufrida por el maracanazo del 1950.

Pero ahí no termina esta impresionante historia. En el Noveno Campeonato Mundial de Fútbol realizado el año 1970 en México, Pelé jugó con la selección su tercer campeonato mundial. El partido final lo ganó Brasil por 4 a 1 a Italia. Pelé se hizo presente anotando el primer gol y haciendo las asistencias para el tercer y el cuarto gol de su equipo. De esta manera, la promesa que este niño había hecho se cumplía por tercera vez, Pelé ganaba su tercer mundial de fútbol para su padre.

Y así podríamos seguir pues el palmarés de este futbolista es impresionante, siendo elegido por la FIFA el año 2000, como el mejor futbolista de todos los tiempos. Hoy es conocido en el mundo entero como El rey del fútbol y siempre que se habla de fútbol se hace alusión a Pelé, el hombre que ha dominado como ningún otro este deporte. Nació en un pueblo llamado Três Corações y fueron Tres Copas Mundiales que ganó y dedicó a su padre. ¡Qué sublime coincidencia!

Qué hermosas son las historias de personas que se trazan metas en la vida y con pasión se dedican a luchar por ellas hasta conseguirlas. El pasado 23 de mayo, con el deseo de ver el mundo desde el pico más alto, Andrea Cardona, una joven montañista, colocó por segunda vez la bandera de Guatemala en la cima del Monte Everest. Dos años de preparación, dos meses de expedición y mucha inspiración interior, llevaron a Andrea a conseguir su reto personal más grande hasta este momento.

En el primer siglo de la era cristiana, el gran apóstol Pablo, dijo: “Lo he perdido todo a fin de conocer a Cristo…” (Filipenses 3:10). En el siglo XVIII, Jonathan Edwards, un famoso teólogo y predicador, dijo: “Se ha determinado que el hombre viva para la gloria de Dios. Yo he determinado vivir para ella, sea que los demás lo hagan o no”. A las personas que no tienen una visión clara en su vida se les aplica el dicho popular que reza de la siguiente manera: “El que a nada le apunta, a nada le acierta”.

Tengamos en cuenta que, todos los éxitos en esta vida son pasajeros los cuales un día se marchitarán y serán archivados. Al igual que el apóstol Pablo y que Jonathan Edwards, yo también he decidido vivir con pasión para Cristo y su reino. Llegar a dominar un deporte ó conquistar la cima de una montaña, son logros muy buenos, pero vivir para cumplir con el propósito con el que fuimos creados por Dios, es muchísimo mejor. La tragedia más grande de un ser humano no es morir, la tragedia más grande es no tener una visión para vivir.

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